LA VISION SEPTUPLE (PARTE 2)

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La visión séptuple (Parte II)

Continuación de "El cuadro de Cristo dibujado en el cielo" (Apocalipsis 1:12-18)

3. Su Persona (1:12-18)

En esta sección, Juan presenta una impresionante descripción de Aquél cuya voz él escuchó. Los símbolos de cargo y de personalidad dados aquí, se identifican con el Hijo del Hombre, quien es poseedor de una plena y completa divinidad. Las siete partes del retrato de cuerpo entero de Cristo son fáciles de discernir y todas las características (como lo indicaremos más detalladamente en nuestra próxima sección) están distribuidas entre las iglesias. Al seguir adelante, debemos observar que hay una vasta diferencia entre los sufrimientos pasados de nuestro Señor y su soberanía futura. ¡Al fin vemos al Cristo escarnecido coronado para siempre como Rey de reyes y Señor de señores!

El Apocalipsis trata sobre la Persona y el poder de Jesucristo, con múltiples símbolos sobre sus actividades, funciones y carácter. Aquí vemos a Jesús relacionado con el tiempo) con la eternidad, con judíos, con gentiles y con la iglesia de Dios. La parte del primer capítulo en la que queremos detenernos, es la que muestra a Cristo como el personaje celestial con apariencia humana. En Él están combinadas la deidad y la humanidad y están maravillosamente mezclados lo celestial y lo terreno (1:9-18). ¡Qué enorme diferencia hay entre los pasados sufrimientos de nuestro Señor y su futuro reinado! Al fin vemos a Jesús (quien fue una vez objeto de vergüenza, escarnio y contradicción), coronado de honra y gloria.

A. Su vestidura y su cinto (1:13)

En medio de los siete candeleros,
uno semejante al Hijo del Hombre,
vestido de una ropa que llegaba hasta los pies,
y ceñido por el pecho con un cinto de oro.

La posición de Cristo — en medio de la Iglesia (simbolizada por los siete candeleros) — lo declara como la Cabeza y el centro de poder de la Iglesia.

El título de Cristo — el Hijo del Hombre — lo identifica con la humanidad y con el juicio.

La vestimenta y el cinto de Cristo declaran su autoridad real y también la majestad de su sacerdocio. Es una alusión a las bellas vestimentas de los sumos sacerdotes bajo el orden levítico e indican las cualidades personales y la posición oficial del Sacerdote.

La vestidura de Cristo le "llegaba hasta los pies", pero no se los cubría. De otro modo, Juan no hubiera podido distinguirlos para inclinarse a adorar a su Señor, cuya forma glorificada estaba debidamente vestida. En el Calvario, Jesús fue desvestido y sobre su ropa echaron suertes, pero ahora aparece vestido con su bella túnica, como el gran Sumo Sacerdote. "Y sus vestidos se hicieron blancos como la luz" (Mateo 17:2).

Cristo también estaba "ceñido por el pecho con un cinto de oro". Cuando el cinto está alrededor de los lomos es indicación de preparación para el servicio (como en Juan 13:4, 5), pero cuando está ciñendo el pecho implica dignidad sacerdotal y juicio. El hecho de que el cinto es de oro, indica la divinidad de Cristo y su legítima dignidad real. El pecho bien puede implicar calma y reposo, o preparación para el juicio.

Juan no ve a Cristo vestido como Rey-Sacerdote ante el altar de oro con el incensario y el incienso ardiendo, sino que lo ve entre los candeleros con la despabiladera, como si estuviera revisando las lámparas del santuario para ver si pueden seguir alumbrando o si se veía en la necesidad de quitarlas de su lugar pronto. Todas las figuras del lenguaje que siguen son una expresión de juicio; una revelación del Sacerdote, no en el altar con el incienso, ni siquiera junto a la lámpara con el aceite, para ver si era necesario llenarla, sino con la despabiladera en su mano para juzgar y limpiar los candeleros.

Esta visión inicial recibida por Juan, no se refiere a la gracia pastoral de Cristo, sino a su autoridad judicial. Esta es la razón por la cual el Apocalipsis debe ser visto como un libro de juicios. Las palabras "Juez" y "juicios" aparecen quince veces en todo el libro. Las siete iglesias se presentan como si estuvieran en el lugar de este juicio, el cual debe siempre empezar por la casa de Dios (1 Pedro 4:17). Si quiere una enumeración de los diversos juicios del Apocalipsis donde Cristo es Juez, tome nota del siguiente sumario:1. Juicio de la historia terrena de la Iglesia (capítulos 2 y 3).
2. Juicio de las naciones rebeldes, especialmente las que adoraron a la bestia (capítulos 4 — 16).
3. Juicio del sistema de idolatría en la tierra (capítulos 17 y 18).
4. Juicio de la bestia, el falso profeta, los reyes y los ejércitos del Armagedón (19:19-21).
5. Juicio de la actuación que se le ha permitido al diablo sobre la tierra (20:1-3).
6. Juicio de las naciones salvadas (bajo equidad, paz y justicia impuestos) durante el milenio (20:4-6).
7. Juicio de los que se rebelan en la tierra al ser suelto Satanás (20:7-9).
8. Juicio de Satanás en el lago de fuego para siempre (20:10).
9. Juicio de los no salvos ante el gran trono blanco (20:11-15). Cada uno de estos juicios venideros presenta un rasgo especial de Cristo en cada etapa.

B. Su cabeza y su cabello (1:14)Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve.

La cabeza blanca de Cristo, descubierta, distinguía fácilmente a la Persona glorificada que era revelada. La blancura de la lana y de la nieve, usada por Isaías para describir la limpieza del corazón de las manchas del pecado (Isaías 1:18), simboliza aquí la pureza absoluta y también la existencia eterna del Salvador, cuya sangre derramada puede limpiarnos de lo vil del pecado y prepararnos para caminar con Él en ropas blancas.

La majestuosa cabeza descubierta del Hijo del Hombre da la idea de experiencia madura y de sabiduría perfecta, acompañadas de una santidad inmaculada. Daniel tuvo una visión similar. Un "como anciano de días" estaba vestido de ropa blanca como la nieve y su cabello era como la lana limpia (Daniel 7:9).

La transfiguración de Cristo fue una anticipación de la visión de Palmos. Pedro, Santiago y Juan fueron testigos presenciales de la majestad de Cristo y se espantaron al ver que "resplandeció su rostro como el sol" (Mateo 17:2). Por un momento, ellos vieron su gloria, gloria como del unigénito del Padre.

Para nosotros, el cabello blanco es indicio de mucha edad, decadencia y proximidad a la tumba, pero eso no es lo que implica aquí el Apocalipsis, porque el que tenía la cabeza blanca en la visión de Juan es el inmutable, inmortal y eterno. Desde la eternidad hasta la eternidad, Jesucristo es el mismo y sus años no tienen fin.

Cristo siempre retiene la frescura y el vigor de su juventud. No obstante, siempre ha sido venerable en la eterna sabiduría y gloria que ha tenido con el Padre desde antes de la fundación del mundo. Juan, quien una vez contempló la cabeza y los cabellos de su Señor coronados con espinas, ahora los ve coronados con la diadema de la gloria del cielo.C. Sus ojos como llama de fuego (1:14; 19:12)

      Sus ojos eran como llama de fuego.

La Biblia dice mucho acerca de los ojos del Señor, "porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra" (2 Crónicas 16:9) y están en todo lugar (Proverbios 15:3). Los ojos y la lengua tienen una connotación especial; los ojos del Señor, observando lo malo y lo bueno indican el discernimiento divino, su profunda penetración e íntimo conocimiento. En lo que respecta a la "llama de fuego," representa el atributo del entendimiento perfecto y la capacidad de escudriñar los pensamientos, las intenciones y las motivaciones del corazón. Todas las cosas están expuestas ante aquellos ojos penetrantes y nadie puede escapar de su escrutinio.

Todos aquellos que vean al Señor a su regreso en gloria, verán sus ojos centelleantes como llamas de fuego (Apocalipsis 19:12). El Apocalipsis es un libro de fuego, porque en él se encuentra diecisiete veces la palabra "fuego". Los llameantes ojos de Cristo siempre están fijos en las escenas de la vida humana; no se cansan de escudriñar los corazones de los hombres y el verdadero significado de todos los sucesos y las acciones de los seres humanos. Por eso quemarán todo lo que sea extraño y contrario a su mirada santa, cuando su poseedor vuelva a la tierra vestido con ropas ensangrentadas. "Todas las cosas están desnudas y descubiertas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta" (Hebreos 4:13).

Cuando Cristo estaba en la tierra, sus amorosos ojos a menudo se empapaban en lágrimas a causa de los pecados y sufrimientos de aquellos que lo rodeaban. Seguramente no hay ningún pasaje tan conmovedor en las Escrituras como aquel que describe la compasión de Jesús por la muerte de uno a quien El amaba: ¡Jesús lloró!

Pero los ojos que vio Juan aquí en Apocalipsis, no estaban rojos de llorar sino de juicio. Cuan agradecidos debiéramos estar de que a través de la gracia no tendremos que sufrir la mirada abrasadora de aquellos ojos que escudriñan y consumen todo aquello que se opone a la voluntad divina.

D. Sus pies refulgentes como en un horno (1:15)

Sus pies semejantes al bronce bruñido,
refulgente como en un horno

Aunque el Hijo del Hombre glorificado estaba vestido con una ropa "que llegaba hasta los pies", no los tenía ocultos sino visibles, brillantes como bronce pulido. Aquellos pies estaban descalzos, así como los sacerdotes de Israel ministraban con los pies descalzos. Los pies del Señor eran como metal fino bien lustrado. Como lo traduce Phillips:

"Sus pies brillaban como brilla el bronce más fino en el horno." La idea aquí es la blancura que adquiere el latón blanco cuando está en un horno ardiente. Es casi intolerable para la vista humana.

El bronce es simbólico, no solo de fuerza y duración (Salmo 107:16;

Zacarías 6:1; Miqueas 4:13) sino también de firmeza y juicio divino, como se puede deducir del altar de bronce y la serpiente de bronce (Éxodo 27:1-7; Números 21:8, 9). Al ser una aleación de metales producida por el fuego, el bronce es símbolo de la ira de un Dios tres veces santo sobre el pecado de los hombres. Lo que sugieren los pies es su caminar libre y santo, y también su poderoso triunfo en el juicio. Aquellos benditos pies que anduvieron por las calles de Jerusalén impartiendo misericordia, los mismos que María lavó con sus lágrimas y que después fueron perforados con clavos por hombres crueles en el Calvario, son ahora los pies del Vengador, el que viene a pararse sobre sus enemigos. Vea Ezequiel 22:17-22.

E. Su voz y su boca (1:10, 12, 15, 16)

Su voz como estruendo de muchas aguas…
De su boca salía una espada aguda de dos filos.

Agrupamos la voz y la boca en un solo conjunto porque van juntas, puesto que la una es necesaria para que exista la otra. Las palabras voz y estruendo del versículo 15 son ambas traducidas de la misma palabra griega, foné. El Apocalipsis es un libro de voces, término que Juan usa no menos de cincuenta veces. La voz estruendosa que escuchó, corresponde a la voz del "Anciano de días" descrita por Daniel como "la voz de una multitud" (Daniel 10:6). Las aguas son símbolo de las naciones furiosas y turbulentas (Apocalipsis 16:4, 5; 17:15). Cuando Cristo aparezca para juicio, su voz clara, distinta y autoritaria calmará los clamores de la tierra. Nadie será capaz de resistirse al poder conmovedor y la firmeza de sus palabras. Cuando Él haga resonar su voz, se derretirá la tierra.

Cuando Cristo estuvo en la tierra, "nunca habló un hombre como ese hombre". A menudo era escuchada esa voz divina con fuertes lamentos y lágrimas, y sólo en la cruz sus enemigos lograron hacerlo callar, matándolo. Pero ahora todo es diferente, porque esa voz irresistible, clara y autoritaria hace silenciar las ruidosas e insistentes voces de los poderes inicuos y de las autoridades malignas de la tierra. Así como esa vibrante voz calló las estruendosas aguas del mar de Galilea, así también ahora esa misma voz resuena como las ondas del mar, fuerte y majestuosa, y hace callar "el alboroto de las naciones" (Salmo 65:7; 93:4).

Las imágenes de la Biblia son muy explícitas al identificar la espada de dos filos que procede de la boca de Cristo como "la espada del Espíritu", que es la totalidad de la Palabra infalible de Dios (Apocalipsis 2:12, 16; Isaías 49:2; Efesios 6:17; Hebreos 4:12). La Palabra que proclama esa voz será el fundamento del juicio y de la sentencia divina cuando Cristo venga para juzgar al mundo. Al ser más aguda que toda espada de dos filos, esa palabra penetrará y descubrirá los pensamientos y las intenciones de aquellos que se atreven a hacer guerra contra el Cordero y contra sus santos. Ninguna arma carnal será usada para dominar a sus adversarios (Apocalipsis 19:13, 15). Sin embargo, Él los matará con "las palabras de su boca" (Oseas 6:5).

La espada con la cual Tú gobiernas
Está en tu boca, no en tu mano.

Como espada de dos filos, la Palabra puede servir para salvar o para matar y es poderosa, ya sea para la disciplina o para la destrucción. Los dos filos de esta espada — el Antiguo y el Nuevo Testamento — tienen poder para quitar el pecado del hombre, o para quitar al hombre que continúa en sus pecados (Apocalipsis 2:12, 16; 19:15,21;

Isaías 11:4; 2 Tesalonicenses 2:8). La palabra griega que se traduce por espada, aparece seis veces en el Apocalipsis. En este período de la Iglesia cristiana, todos aquellos que usen otra arma para hacer avanzar la causa de Cristo, perecerán con las mismas armas que hayan tomado (Apocalipsis 13:10; Mateo 26:52). Pero los que usen esta espada, descubrirán que es poderosa en Dios (2 Corintios 10:4).

F. Su mano derecha (1:16, 17, 20)

Tenía en su diestra siete estrellas…
Él puso su diestra sobre mí…
El misterio de las siete estrellas
que has visto en mi diestra.

"Su diestra" (la mano derecha) es una expresión muy común en las Sagradas Escrituras y denota una posición de autoridad suprema o divina, así como protección y fuerza (Efesios 1:20; Hebreos 1:3). A menudo oímos hablar acerca de una persona con cualidades especiales como "mi mano derecha", lo cual significa que dicha persona es alguien en quien se ha delegado autoridad y que por lo tanto es indispensable. Por el hecho de estar a la diestra del Padre, Cristo siempre actúa como su Padre lo haría. Que Él nos sostiene con su diestra significa que estamos dotados de poder para servir como Él lo haría si todavía estuviera sobre la tierra.

¡Qué gran sensación de seguridad y consuelo ha de haber experimentado Juan al contemplar la impresionante visión de su Señor glorificado, sentir su mano derecha sobre sí y escuchar su tierna voz diciendo: "No temas"! Esta era la misma voz que el apóstol Juan había escuchado cuando una vez se encontraba con los otros discípulos en el mar, luchando contra las olas, y Jesús le ordenó que no temiera. Juan sabía mucho acerca de esa poderosa mano derecha de su Maestro. ¿Acaso no vio él cuando esa mano sanó al leproso, salvó a Pedro de las aguas, sanó la oreja herida de Maleo y partió y alzó el pan para bendecirlo? Ahora esa misma mano se había extendido para tocar a Juan y asegurarle que el Maestro a quien él amaba tanto, vivía para siempre y tenía en su mano las llaves del infierno y de la muerte.

Las siete estrellas que están en la mano derecha de Cristo son los ángeles de las siete iglesias. ¿Quiénes o qué son estas siete estrellas? Algunos han creído que se refieren a los ángeles guardianes, pero es muy difícil reconciliar esta explicación con las advertencias y los reproches (2:4, 5) y con las promesas y exhortaciones de los ángeles (2:10). Otros toman la posición de que las estrellas o ángeles son la personificación ideal de las fuerzas de la Iglesia, así como las fuerzas de la naturaleza simbolizan a los mensajeros de Dios.

La interpretación más común y más ampliamente aceptada en cuanto a las estrellas o ángeles de las iglesias es que éstas representan a los ministros principales y ancianos que presiden una congregación, el equivalente a los obispos o ancianos (los supervisores espirituales de la Iglesia primitiva). Algunos eruditos sugieren que el término tiene su origen en los funcionarios de la sinagoga judía, donde la posición reconocida del mensajero era expresada por medio del título "ángel de la sinagoga". Lightfoot hace este comentario:

Es concebible, ciertamente, que un obispo o pastor principal sea señalado como ángel o mensajero de Dios o de Cristo, pero difícilmente podría ser reconocido como un ángel de la iglesia a la cual administra.

La figura que Juan usa aquí se aplica en otros lugares también a los maestros, ya sean verdaderos o falsos (Daniel 12:3; Judas 13;

Apocalipsis 8:10; 12:4). Es una gran esperanza saber que todos los que sirven al Señor en posiciones de responsabilidad están en su mano derecha, el lugar de posesión y protección (Juan 10:28-30). Walter Scott dice lo siguiente en cuanto a "las siete estrellas que están en su mano derecha":

Se declara que las estrellas son los ángeles o representantes de las iglesias. El ángel de la iglesia es el representante simbólico de la asamblea, como lo son todos aquellos que tienen responsabilidades en ella (1:20). Las estrellas, como símbolo, son la expresión de:1. Incontables multitudes (Génesis 15:5).
2. Las personas eminentes en puestos de autoridad civil y eclesiástica (Daniel 8:10; Apocalipsis 6:13; 12:4).
3. Los poderes inferiores o subordinados en general

(Génesis 37:9; Apocalipsis 12:1). Toda autoridad eclesiástica, todo ministerio y todo gobierno espiritual en toda iglesia ha sido investido por Cristo. Su capacidad de dar o retener, de preservar y sostener a todo verdadero ministro de Dios es la idea fundamental que expresa el que las estrellas estén en su mano derecha. Cuando se duda acerca de la eterna seguridad de los creyentes, se dice que éstos están en su mano y en la mano de su Padre, de donde nadie los puede arrebatar. Pero allí no se dice que ellos están "en su diestra", como se indica aquí.

Los líderes espirituales — no nos referimos a los oficiales, porque no todos ellos han sido establecidos en la iglesia de Dios — son sostenidos y mantenidos en la mano derecha del Hijo del Hombre. La mano derecha habla de suprema autoridad y honor (Salmo 110:1; Efesios 1:20). Qué posición tan responsable y a la vez honorable ocupa todo gobernante de la iglesia. Daniel 12:3 señala hacia el futuro, a una clase de ministros o gobernantes judíos. Judas 13 se refiere a una clase de cristianos apóstatas.

Cuando Jesús andaba por el mundo haciendo el bien a todos, sus manos estaban siempre activas aliviando las necesidades físicas y materiales de los hombres. Sin embargo, la única recompensa que recibió por todos los beneficios que obró con sus santas manos fue que éstas fueran horadadas por los clavos. Pero ahora, aquellos que son redimidos por la sangre que El derramó están seguros en esas manos, las cuales son suficientes para preservar, proteger y proveer para todos los que están en ellas. ¿Estamos nosotros entre las estrellas que Él tiene en su mano derecha? Si es así, entonces la responsabilidad de las estrellas es brillar. Esta es la noche de la ausencia del Señor en esta tierra y nosotros, los santos, colectiva e individualmente somos la luz del mundo. Como portadores de luz en medio de la oscuridad debemos reflejar algo de su gloria.G. Su rostro como el sol (1:16)

Su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Juan estaba maravillado al contemplar "el resplandor de su gloria" (compare 2 Tesalonicenses 2:8; Hebreos 1:3). Todas las cosas de la tierra han de haber quedado extrañamente opacas para el apóstol al ver la reluciente gloria de Cristo Jesús, de la cual la transfiguración había sido solamente una vislumbre. ("Resplandeció su rostro como el sol" — Mateo 17:2). Mientras Cristo estuvo en la tierra, su eterna majestad estuvo velada, pero ahora, Juan pudo presenciar su gloria y su magnificencia imperiales. La apariencia del rostro es la ventana del alma, y ahora, todo lo que Cristo es dentro de sí mismo irradia en bella y maravillosa gloria.

Existe, por supuesto, una vasta diferencia entre la gloria del sol y la de los planetas (1 Corintios 15:41). El sol no necesita tomar luz de ninguna otra fuente, sino que es fuente de luz y energía en sí mismo. En cambio, todos los planetas no son más que meros reflectores de lo que reciben del sol. Jesús posee una gloria trascendental que proviene totalmente de El mismo y que se manifiesta en forma triple:

• Para el mundo, Él es la Luz (Juan 8:12).
• Para Israel, Él es el Sol de justicia (Malaquías 4:2).
• Para la Iglesia, Él es la estrella resplandeciente de la mañana (Apocalipsis 22:16).

En la humillación de Cristo, su rostro fue desfigurado más allá de toda apariencia humana. En un momento dado, su rostro fue escupido y abofeteado (Mateo 26:67), pero ahora una gloria no creada, más brillante que el sol tropical a mediodía, despide fulgor desde su rostro. [Que la gloria de aquel bendito rostro esté siempre sobre nosotros! (Vea Números 6:25, 26; Salmos 31:16; 80:3, 7, 19.)

¿Cuál fue la reacción de Juan ante esta resplandeciente visión de Cristo? "Cuando le vi, caí como muerto a sus pies" (1:17). Las Escrituras registran los poderosos efectos de la visión gloriosa del Señor en la experiencia de otros santos. Moisés, Josué, Job, Isaías, Daniel y Pedro; todos supieron lo que era contemplar su gloria; y al contemplarla, se dieron cuenta de su pecado y de su debilidad, cayendo postrados a los pies del Señor. Isaías dijo: "¡Ay de mil porque siendo hombre inmundo de labios. . . han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos." Juan había reclinado frecuentemente su cabeza sobre el pecho de su Maestro; sin embargo, ahora cayó a sus pies como muerto. Aunque Juan había sido el más amoroso y el más amado de los discípulos, nada le servía ahora — ni siquiera la fuerza de los afectos humanos — a la luz de la magnífica y resplandeciente gloria de su Maestro. Muchas cosas tienen que morir en nuestras vidas cuando somos bañados por esa gloria divina.

Después de que Juan hubo caído como muerto a los pies de Cristo, el Señor lo consoló con las palabras "No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades" (1:17, 18). Aquella bondadosa mano de Jesús levantó a Juan de donde se encontraba postrado y entonces escuchó la voz como el sonido de muchas aguas, en un tono consolador. Hay tres amenes en este primer capítulo, cada uno de los cuales está lleno de significado espiritual:

• Al que ha muerto en la cruz (1:5, 6)
•Al que vive por los siglos (1:18)
• Al que viene en gloria (1:7).

Tres doctrinas cardinales de la Palabra de Dios están implicadas en estos tres amenes:

• Él murió
• Él vive
• Él viene otra vez.

La orden del Maestro, "No temas", tan repetida por Él, cae otra vez sobre los oídos del apóstol Juan, confortándolo con el hecho de que su Señor no había cambiado — que el corazón que latía tierna y amorosamente en Galilea, todavía palpita con amor hacia los suyos — aunque ahora Él está en su gloria. Como "el primero y el último", Jesús reafirma su divinidad, su eternidad y su absoluta supremacía. Él es el principio y el fin, y también es todo lo que ocurre en el intermedio (1:8). Como el que está vivo, Él se proclamó a sí mismo como la fuente de vida. La vida de Cristo no comenzó en Belén; su nacimiento solamente reveló al que ya existía desde la eternidad.

Como el que estuvo muerto. Jesús indicó el aspecto voluntario de su muerte, puesto que su vida no le fue quitada, sino que Él la puso voluntariamente. Y como tenía poder para poner su vida, Él fue quien entregó su espíritu (Mateo 27:50).

Como el que vive por los siglos, Jesús proclamó que El nunca más sentiría los dolores de la muerte. "He aquí que vivo por los siglos de los siglos." Por medio de su propia muerte. Cristo destruyó el poder de la muerte sobre todos los que creen y sacó a luz la vida y la inmortalidad. Nuestra gloriosa esperanza es que nosotros también participaremos de su inmortalidad: "Porque yo vivo, y vosotros también viviréis."

El hecho de que Cristo tenga en su mano las llaves de la muerte y del Hades, denota su dominio completo sobre los cuerpos y sobre las almas de todos los hombres, con el derecho y la autoridad de abrir y cerrar (Apocalipsis 3:7, 8). Walter Scott dice:

Esto demuestra su absoluta autoridad sobre la muerte y el Hades, los carceleros de los muertos, quienes ejecutan su soberana voluntad. Satanás ya no posee poder de muerte (Hebreos 2:14). En cuanto al hecho de que las llaves son símbolo de indisputada autoridad, vea Isaías 22:22 y Mateo 16:19.

Al haber vencido a la muerte, el enemigo a quien el hombre siempre ha temido, y haberse proclamado a sí mismo Señor de las regiones de oscuridad a donde son enviados los hombres cuando mueren, Jesús se nos presenta ahora como el Señor de la vida y de la libertad. Como verdaderos creyentes, vivimos hoy y viviremos siempre, porque Él, dador de la vida no puede volver a ser atado por la muerte.

Ya entremos al cielo a través de la tumba o que seamos trasladados con la Iglesia, habrá muy poca diferencia, porque sabemos que por la gracia de Jesucristo vamos a compartir con Él su vida interminable por los siglos de los siglos.

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