LAS SIETE COSAS NUEVAS (CONCLUSION)

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5. El nuevo templo (21:22)

Por fin las sombras y figuras ceden el paso a la realidad, a la substancia (Hebreos 9:23, 24). Todas las cosas que estaban relacionadas con el tabernáculo y el templo solamente tenían el propósito de tipificar a Jehová Dios y al Cordero. El templo milenial de Ezequiel era el centro de adoración en la ciudad terrenal, pero ahora todo está centralizado en torno al trono, al cual todos tienen acceso. En tiempos antiguos, Dios tenía un templo para su pueblo y durante la época de la Iglesia, tiene un cuerpo de redimidos como templo. Juan describe ahora la edad eterna, en la cual Dios se ofrecerá a sí mismo como templo para su pueblo.

Cuando Juan habla de que el templo de Dios está abierto en el cielo, usa la palabra griega que significa "el lugar más santo", el lugar santísimo, al cual sólo el sumo sacerdote entraba una sola vez al año. Dios manifestará su gracia inmutable en medio de su pueblo. Su trono y su santa presencia sobrepasarán gloriosamente al arca del pacto que estaba en el tabernáculo y en el templo. Esta referencia, junto con la anterior acerca de la maldición del templo (11:1,2), indica que será en ese momento cuando se revelará la morada secreta de los hijos de Dios.

En medio de la demolición de imperios y la desaparición del mundo antiguo, Juan nos asegura que todos los santos estarán bajo la sombra del Omnipotente y que habrá acceso inmediato a Dios sin la intervención de un sacerdote o mediador. La ausencia de templo implica pleno y libre acceso para todos los verdaderos adoradores. Walter Scott lo expresa apropiadamente:

¿Qué necesidad habrá de templo? Dios en la grandeza de su ser y como el que ha estado activo y gobernado al mundo por los siglos, es revelado ahora en gloria por el Cordero. La presencia divina se difunde por igual a todas partes. Dios y el Cordero se harán manifiestos en todos lo» rincones de la enorme ciudad de oro.

Dios ha reconocido a su pueblo como templo, pero ahora él es su templo vivo y verdadero, la verdadera arca y el eterno maná escondido. Así como hubo relámpagos y truenos en la cumbre santa del monte Sinaí, donde fue erigido el primer tabernáculo — señales divinas a favor de la ley santa que el poder del mundo había desafiado — también la morada de Dios estará siempre abierta como un santuario de la fe, pero al mismo tiempo será un Sinaí cubierto de nubes y fuego consumidor para todos los que rechacen a Dios (Hebreos 12:18-24).

6. La nueva luz (21;23-25; 22:5)

La ciudad eterna y santa tendrá un sistema especial y sobrenatural de iluminación. Ahora tenemos la luz natural que proviene del sol, la luna y las estrellas. El sol es la fuente de vida y luz para todo lo que existe sobre la tierra. La luna y las estrellas son sólo reflectores de su luz. Pero estos cuerpos celestes que fueron creados para desempeñar ciertas funciones, habrán pasado con los cielos antiguos y a no existirán. En la actualidad también tenemos una iluminación artificial, porque la tecnología ha logrado producir nuevas fuentes de luz para iluminar la oscuridad de la noche. Pero en la nueva Jerusalén, Dios y el Cordero emanarán toda la luz que sea necesaria. Cristo declaró que El era la luz del mundo, y será la luz del mundo eterno también. Juntamente con el Padre, El será la luz del nuevo mundo como lo es del antiguo. En esa gran ciudad no habrá más noche; será un eterno amanecer, un día sin final.

Las puertas de la ciudad nunca se cerrarán. No habrá necesidad de policías para que cuiden a los moradores de la ciudad, porque tampoco habrá ladrones. Las naciones podrán salir y entrar libremente. Todo lo que pertenece al pecado y a las tinieblas habrá desaparecido. Todo lo natural y artificial se habrá desvanecido. ¡Verdaderamente, la perspectiva de algo tan perfecto nos asombra! En medio de este mundo, debemos resplandecer como antorchas (Filipenses 2:15), pero en aquel mundo brillaremos más al reflejar la eterna gloria de Cristo.

7. El nuevo paraíso (22:1-5)

Hay muchas características importantes que debemos tener en cuenta al estudiar este capítulo.

1. Un libro sólo posee valor en proporción al valor de la verdad que revela. "Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas" (22:6). Aquí tenemos una solemne afirmación de la veracidad de las Escrituras. Un ángel del cielo viene a autenticar las profecías del Apocalipsis. Todos los profetas de antaño actuaron bajo el control del Espíritu de verdad.

2. Un libro siempre está íntimamente relacionado con su escritor. El nombre de Juan aparece cinco veces en el Apocalipsis, mencionándolo como su escritor: "Escribe en un libro lo que ves" (1:11), y todo este dramático libro fue escrito por Juan, quien estaba acostumbrado a escribir (2 Juan 12; 3 Juan 13). La "alta crítica" niega que Juan haya escrito el Apocalipsis y lo atribuye a otro Juan que no era el apóstol, pero como bien dice Hilgenfield: "Un Juan desconocido, cuyo nombre ha desaparecido de la historia, dejando escasos rastros de sí, difícilmente pudo haber sido el que escribiera mandamientos expresos en el nombre de Cristo y del Espíritu Santo para las siete iglesias." Las cinco veces que se usa el nombre de Juan demuestran que quien escribió el cuarto evangelio y las tres epístolas que llevan su nombre, fue también e] que escribió el Apocalipsis, tal como se le ordenó que lo hiciera (1:1, 4, 9; 21:2; 22:8).

3. Un libro no sellado no es más que un libro que está abierto para que pueda ser leído y usado. Lo que fue había estado sellado desde el tiempo de Daniel (Daniel 12:4) queda ahora expuesto. No olvidemo que Apocalipsis significa revelación, y esto es justamente lo que contiene todo el libro. Mientras más nos acercamos a los acontecimientos que se registran en él, más claras nos parecen sus profecías (22:10).

El punto culminante de la redención, que se alcanza aquí, es el milagro de un huerto del cual han sido excluidos para siempre la serpiente y el pecado. Observemos brevemente alguna característica del glorioso futuro del pueblo de Dios. En la antigua creación todos los ríos corrían hacia el mar, pero aquí tenemos un río sin mar; un río que proveerá la fertilidad y la vegetación de la nueva creación. Los ríos abren la Biblia (Génesis 2:10) y la cierran (22:11). Este río corre desde el trono, el cual es su origen y manantial. El agua de este río divino es clara como el cristal, es decir, completamente pura. No requerirá ningún tratamiento para purificar. Todos los tronos ceden su lugar al trono de Dios y del Cordero (1 Corintios 15:24-28).

La Biblia también empieza con un árbol de vida y termina con otro. Este estará en medio de una calle, lo cual significa que no habrá aislamiento ni exclusión. Todos podrán tener acceso a este árbol de sanidad. Las hojas de este árbol producen salud y vida. Los frutos son para los santos (Ezequiel 47:12). Puesto que toda enfermedad y muerte han desaparecido (21:4), la sanidad provista por ese árbol no está asociada con el cuerpo. Como la existencia de sanidad implica la de la enfermedad, la traducción "para la salud de las naciones" es preferible.

En Génesis 2:8-15 Dios creó un hogar material para el hombre en el huerto. Pero aquel huerto original presenció la rebelión de Satanás y la transgresión del hombre (Génesis 3:1-7). Ahora tenemos aquí un huerto que sobrepasa al primero en todo sentido. Nada se marchitará ni morirá jamás. Habrá desaparecido para siempre la maldición que Dios pronunció sobre el primer huerto de la tierra. La calamidad del Edén nunca volverá a ocurrir, ya que ha desaparecido el pecado para siempre y tampoco habrá más maldición. La última palabra del Antiguo Testamento es maldición: "El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición" (Malaquías 4:6). Pero el Nuevo Testamento empieza con Jesucristo, el que vino para llevar la maldición sobre sí mismo (Gálatas 3:13). En el glorioso final de la Biblia encontramos una bendición en lugar de una maldición (Apocalipsis 22:3, 21).

El triunfo de Cristo puede ser presentado de la manera siguiente:

• En el Génesis: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra." En el Apocalipsis: "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva."

• En el Génesis: "A las tinieblas llamó noche." En el Apocalipsis: "Allí no habrá noche."

• En el Génesis: "De cierto morirás."

En el Apocalipsis: "No habrá allí más muerte."

• En el Génesis: "Multiplicaré en gran manera tus dolores." En el Apocalipsis: "Ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor."

• En el Génesis: "Maldita será la tierra por tu causa." En el Apocalipsis: "No habrá allí más maldición."

• En el Génesis: Fueron apartados del árbol de la vida. En el Apocalipsis: Aparece el árbol de vida.

• En el Génesis: Aparece Satanás. En el Apocalipsis: Desaparece Satanás.

• En el Génesis: "Abraham buscaba la ciudad con fundamentos." En el Apocalipsis: Se ve una ciudad de perfección y gloria definitivas.

Juan sigue declarando que en la nueva creación los siervos de Dios estarán activos incesantemente. Nosotros reinaremos para siempre jamás con El: "Y reinarán por los siglos de los siglos" (22:5). Esto significa que los santos no permanecerán sentados tocando arpas todo el tiempo. Provistos de cuerpo y mente perfectos y glorificados, tendremos el gozo de servir al Señor como no lo podemos hacer ahora debido a la perturbadora influencia del pecado. Tendremos privilegios nunca imaginados en aquella tierra que será más esplendorosa que el mismo día: allí veremos su rostro. ¿El rostro de quién? ¡El del Cordero (22:3,4)! ¿Estamos viviendo ya en la esperanza gozosa de ese momento conmovedor, cuando por primera vez contemplemos con nuestros ojos al Rey en toda su belleza y resplandor?

Inefable maravilla la que contemplaremos al ver la faz ante la cual han huido el cielo y la tierra. Pero el mayor portento ocurrirá cuando seamos transformados a su semejanza. "Su nombre," dice Juan, "estará en sus frentes" (Apocalipsis 22:4). Por el término "nombre" debe entenderse al carácter y la naturaleza de Dios. El sello, por supuesto, es un distintivo de propiedad y seguridad. Pero, ¿por qué la referencia a la frente? El sello estará en un lugar donde todos puedan verlo con facilidad. Vamos a reflejar perfecta y públicamente el carácter de Dios (7:3). ¡Cuan impresionante es pensar que nuestra frente será sellada por El y luciremos ese sello para siempre!

Antes de terminar su maravillosa descripción de la resplandeciente herencia de los santos, "la Jerusalén de arriba," Juan dice algo más sobre su radiante gloria y su incomparable luz: "No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará" (22:5). No habrá noche, ni lámpara ni sol: una gloriosa ciudad de luz que se yergue en contraste con el presente mundo de densas tinieblas. Ahora sólo la mitad del mundo puede tener luz a la vez, pero cuando el Señor irradie su luz, ésta brillará en todo lugar al mismo tiempo. Esta luz eterna está fuera del alcance de toda investigación científica; trasciende nuestra comprensión humana y limitada. ¡Qué ciudad! ¡No habrá allí noche con sus tinieblas y su terror; no habrá necesidad de servicio de iluminación; no habrá más amanecer ni anochecer!

La revelación de Cristo se ha consumado. Su gloriosa manifestación como el Cordero omnipotente no sólo es ratificada, sino también aplicada. Después de mostrar el maravilloso panorama de su gloria, gracia y gobierno, el Apocalipsis concluye con una doxología sumamente sencilla, tierna y breve. Tanto en el prólogo como en el epílogo del Apocalipsis, se habla de la segunda venida (1:7; 22:20). En el epílogo (22:6-21) encontramos un estilo conciso y breve que le da una impresionante conclusión a este extraordinario libro. Al hacer un análisis cuidadoso de las palabras, nos damos cuenta de que encierran un resumen de los temas de primordial importancia tratados a través de todo el libro. Esto es, la certeza del cumplimiento de la profecía y la inminencia de dicho cumplimiento.

El ángel que aparece, habla de sí mismo en tercera persona y agrega una bienaventuranza a la promesa del regreso de Cristo (22:6). Existe un admirable paralelismo entre estas palabras y las del prólogo (1:1-8).

Juan queda tan sobrecogido al contemplar la santa ciudad, la nueva Jerusalén que cae postrado sobre su rostro a los pies del heraldo angélico para rendirle adoración. Sin embargo, éste le recuerda que la alabanza y la reverencia pertenecen exclusivamente a Dios.

Entonces se le indica con toda claridad que considere muy cercana la segunda venida de Cristo. Las cosas que se le manifestaron no eran para ser guardadas en secreto, como si el día de su cumplimiento estuviera todavía lejos. Estas visiones pertenecen al presente, porque Cristo está a punto de aparecer.

Hay una solemne declaración sobre el destino fijo e inalterable de la decisión humana deliberada. El carácter humano sigue produciendo su inevitable desarrollo y su fruto; la condenación está sellada para los impíos (22:10, 11).

En la repetida declaración "Yo soy el Alfa y la Omega" (1:8, 11; 22:13), tenemos una contundente evidencia de la divinidad de Cristo.

En lo que respecta a los perros, éstos simbolizan la repugnante y ofensiva inmundicia de todos aquellos que rechacen la limpieza de la sangre del Cordero y queden fuera de la Ciudad Santa (22:15).

La estrella resplandeciente de la mañana brilla con más intensidad un poco antes del amanecer. Es un símbolo perfecto del regreso de Cristo, quien traerá el amanecer de una era de luz radiante (22:16).

De la misma manera en que se pronuncia una bendición para los que hagan un uso apropiado de este libro, así también hay una solemne advertencia para los que abusen del mismo. Se pronuncia un ay contra todos los que adulteren cualquiera de estas enseñanzas. Esta advertencia se refiere a aquellos que voluntariamente y a sabiendas distorsionan y pervierten sus grandes verdades. Todos los que amen este Libro de Dios deberán velar por su integridad (22:18, 19) y declarar todo el consejo de Dios.

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